Cuando leemos Los últimos días de la Humanidad, que es un Apocalipsis
cómico y patético del horror de la Primera Guerra Mundial, reír es... una
forma de llorar y, así mismo y sobre todo, de tomar conciencia de la
gravedad de estos problemas; y más cuando se hace una lectura actual de la
obra, desde el conocimiento histórico de que la humillación que sufrieron
los alemanes en el Tratado de Versalles fue una causa muy importante de que
naciera el huevo de aquella serpiente del nazismo que definitivamente
estalló en 1939 con el comienzo de unos nuevos “últimos días de la
Humanidad” (Segunda Guerra Mundial), que acabaría en el doble espanto de
Hiroshima y Nagasaki, ya profetizado de algún modo en la obra de Karl Kraus.
Kraus nos introduce su obra con palabras como éstas: “Los actos más
inverosímiles aquí presentados ocurrieron realmente ... Los diálogos más
increíbles que aquí se mantienen fueron dichos palabra por palabra ... Dejes
y acentos recorren rechinando el tiempo y se van inflando hasta convertirse
en el coro de este sacrificio cruento ... La gente que vivió entre la
humanidad y la ha sobrevivido termina reducida a sombras y marionetas,
larvas y lémures, máscaras de este carnaval trágico...”. ¿De qué se trataba
en aquella guerra y en todas las habidas desde entonces? El drama, dice
Kraus, “ha sido ideado para su puesta en escena en un teatro del planeta
Marte: el público de este mundo no sería capaz de soportarlo”. Porque era
“sangre de su sangre”, y el contenido era “el de
todos estos años irreales,
impensables, inasibles para una mente despierta, años en que unos personajes
de opereta interpretaron la tragedia de la humanidad”.
Nº de páginas: 366
PVP: 21
Comentarios sobre la obra
Karl Kraus y los últimos días de la humanidad
Grandes ofertas a las puertas del Juicio Final
Santiago Alba Rico
Rebelión, 18 dic 2010
He aquí las diez noticias más leídas de uno de los diarios
españoles de mayor difusión en un día escogido al azar:
1-Hallan muerto al ex novio de la mujer de Boadilla.
2- Larissa pide a Carbonero que le preste a Casillas.
3- ¿Qué lubricante sexual es el mejor?
4- 'Nuria, ¿qué has hecho? Dicen que te has dopado'
5- El homicida de Olot: 'Ya estoy satisfecho'
6- ¿Por qué no dormir nos hace más feos?
7- ¡Vaya lujo! Chalé en vertical en Arturo Soria
8- Terri Smith, la mujer más gorda del mundo
9- Sara Carbonero por Belén Esteban
10- The Shard, el techo de Europa
La noticia número 11, fuera ya de la clasificación, dice así: “Los últimos
días de la humanidad”.
No es ésa, claro está, la undécima noticia, pero podría serlo. Si la
humanidad estuviese viviendo sus últimos días y algún periodista
considerase que valía la pena avisar al público, el titular produciría el
mismo tipo de emoción que la muerte del ex novio de la mujer de Boadilla
(que no sé quién es), pero mucho menos intensa. La leeríamos llevados por
la misma curiosidad ajena que nos despierta la picardía sexual de Larissa,
aunque con menos interés personal. Nos intrigaría saber cuántos días nos
quedan de vida, claro, pero no tanto como averiguar el nombre del más
eficaz lubricante sexual. El puesto 11, sí, sería el que merecidamente le
concederían los lectores, un poco por debajo de la fotografía del
rascacielos más alto de Europa y un poco por encima de los datos del paro
o del bombardeo de Kandahar. O quizás el 12, si la noticia se publicase en
una jornada de liga. Seamos realistas: digamos, pues, el 12. Los últimos
días de la humanidad la humanidad los dedicaría a discutir sobre el Balón
de Oro, moralizar sobre el embarazo de una pornostar o estremecerse
con las declaraciones de la parricida de Lloret de Mar.
Pero una humanidad con semejantes criterios, ¿no está ya en sus
últimos días? ¿Perecerá como consecuencia del cambio climático, la
crisis capitalista, las guerras y la amenaza nuclear o por su propia
indiferencia y banalidad?
¿O será que ya ha perecido?
Se habla de la Viena de Freud y de la Viena de Wittgenstein, pero en
realidad la Viena del primer cuarto del siglo XX estuvo dominada,
tiranizada, ininterrumpidamente zarandeada -y con ella toda la Europa
culta- por Karl Kraus, el hombre al que el poeta Trakl saludaba como “Gran
Pontífice de la Verdad” y al que Elias Canetti consideraba, junto a
Quevedo y Swift, “el despreciador más imperturbable de la literatura
mundial, una especie de fustigador divino de la humanidad culpable”; el
crítico jupiterino al que Felix Salten, autor de Bambi, agredió a
puñetazos en un café, el judío universal que ya en 1898 condenó por
“antisemita” el sionismo de Herzl. Pues bien, Karl Kraus habría visto sin
duda en la lista de noticias arriba citada una prolongación monótona de
ese nuevo umbral -bostezo enseguida lleno de sangre- que él supo anticipar
como nadie en una obra dirigida “a la gente que ha sobrevivido a la
humanidad” y que tituló en 1915 -precisamente- Los últimos días de la
humanidad.
Karl Kraus era un hombre locuaz. Pronunció 700 conferencias en su
dilatada vida pública y entre 1899 y 1936 alumbró 922 números de Die
Fackel (La Antorcha), revista emblemática de toda una época que
redactaba prácticamente solo y desde la que azotó, a diestra y siniestra,
a escritores, periodistas y políticos. Sólo dos veces su locuacidad no
encontró palabras o tropezó -más bien- con una palabrería bárbara que
tronchaba la raíz misma del lenguaje hasta hacerlo “inutilizable”. En
1914, en medio del patriótico entusiasmo bélico que arrastraba en su
torrente incluso a la socialdemocracia germana, proclamó: “El que tenga
algo que decir que dé un paso al frente y guarde silencio”. E
inmediatamente se puso a escribir Los últimos días de la humanidad,
una obra enorme, inconmensurable, excesiva, con tantos personajes que
hacen falta 13 páginas para enumerarlos a todos. Veinte años más tarde,
con los nazis ya posados sobre Alemania, declaró: “Sobre Hitler no se me
ocurre nada”, e inmediatamente se puso a redactar La tercera noche de
Walpurgis, obra que el nazismo le impidió publicar. Entre 1914 y 1936,
fecha de su muerte, no dejó de llamar la atención sobre lo que acababa de
pasar, sobre lo que estaba punto de volver a pasar -a escala ampliada- y
lo que sigue pasando -ahora en No mayor. En la Gran Guerra, hace cien
años, la humanidad se sobrevivió a sí misma y ya nada puede ocurrirle:
“Olvidarán lo sucedido ayer, no verán lo que sucede en el presente y no
temerán lo que suceda mañana. Olvidarán que perdieron la guerra, olvidarán
que la empezaron, olvidarán que la hicieron. Por eso no acabará”.
“Para los estetas soy un político”, decía Karl Kraus, “y para los
políticos un esteta”. Era sobre todo, como decía Benjamin, un hombre que
vivía cada instante “a las puertas del Juicio Final”. Y a las puertas del
Juicio Final todo era -y es- ruidoso y banal, simpático, divertido,
superficial, irrelevante. ¿Qué es la guerra? Una ocasión que hay que
aprovechar: los generales para emborracharse e irse de putas; los
comerciantes y los taxistas para subir los precios; los curas para
agavillar más almas; los periodistas para aumentar las tiradas; los poetas
para escribir odas; los banqueros para hacer negocios; los políticos para
hacer carrera; los civiles, en fin, para ir al teatro y frecuentar los
cafés. ¿Y los cadáveres, los huérfanos, las violadas, los mutilados? Los
podéis encontrar en la noticia número 11, o tal vez en la 12, si es
jornada de liga o hay boda real. “¡Qué parrandeo! La única diferencia es
que ahora estamos en guerra. Si no fuera por la guerra uno hasta creería
que hay paz. Pero la guerra es la guerra, y ahora estamos obligados a
hacer cosas que antes queríamos hacer”. A los cadáveres, a los huérfanos,
a las violadas, a los mutilados, Karl Kraus les dice con sarcasmo: “Es
fácil morir por una patria en la que es imposible vivir”.
Los últimos días de la humanidad, lo recordaba hace poco Alfonso
Sastre, es la única gran obra satírica antibélica que puede medirse con
El bravo soldado Schwejk, del checo Jaroslav Hasek. Al borde del
máximo peligro, todo es máxima estupidez; un momento antes del abismo,
todo se vuelve caricatura. Karl Kraus concibió su obra como un drama
teatral para ser “representado en Marte” y durante años negó su
autorización -incluso a Piscator- para que se llevara a escena. Pero
luego, angustiado por el ascenso del nazismo, comprendiendo que la Gran
Guerra no había terminado y confiando en la eficacia pedagógica y
movilizadora del teatro, decidió elaborar él mismo una versión escénica
que, por lo demás, sólo sería estrenada en los años 80 en Francia. En 1991
la editorial Tusquet publicó en castellano -con mucho retraso- la obra
original; sólo ahora, en 2010, la editorial Hiru nos permite acceder por
fin a la versión escénica del propio Kraus, en una excelente traducción de
Adan Kovacsics que trasunta de un modo naturalmente bufo las distintas
jergas y alófonos de los personajes.
La Primera Guerra mundial empezó en 1914 y cien años después aún no ha
terminado. Son los últimos días de la humanidad y hay que aprovecharlos
para averiguar el misterio de la parricida de Lloret del Mar y comprar los
más originales adornos de Navidad. A las puertas del Juicio Final, miles
de vendedores han instalado sus puestos y centenares de volatineros
-periodistas, futbolistas, intelectuales, músicos- echan fuego por la
boca, hacen cabriolas y enredan en el aire sus ingeniosos malabares.
Lichtenberg, cuyos aforismos Kraus siempre admiró y trató de imitar,
escribió uno que decía: “Allí donde la indiferencia es un error, la
moderación es un crimen”. A los indiferentes y a los moderados Kraus les
advirtió en un simple latigazo de las consecuencias de su actitud: “El que
no se rebela contra su propia patria beligerante comete un crimen de alta
traición a la humanidad”.
Es la noticia número 11 (o la 12 en jornada de liga) la que requiere
toda nuestra atención.
____________
Los últimos
días de la humanidad
M. Villanova
Llegir en cas d'incendi, divendres 31 de desembre de 2010
¿Imaginan un crisol de voces hablando todas a la vez en
un intento por justificar lo injustificable?, ¿intentando
convencerse y convencer de lo absurdo de una guerra? Desde la
prensa de guerra más artificial y sui
géneris, hasta las arengas de los poderosos al pueblo
llano, pasando por las órdenes que los oficiales al mando de la
tropa dan en la retaguardia o entreviendo en el silencio el
lamento de unas víctimas ignorantes de su fatalidad, desde ese
entresijo de voces, Kraus es capaz de hacernos reír y llorar al
mismo tiempo, hacer que reflexionemos con un humor triste y
operístico acerca de la irrealidad del individuo dentro de una
sociedad apasionada y envilecida. Es realmente asombroso el
cariz profético de la obra, ya que el autor muestra con perfecta
lucidez el alumbramiento de "la era de la masacre",
y del nazismo, mucho antes de que existiera…
Karl Kraus (Austria, 1874-1936) terminó de
escribir Los últimos días de
la humanidad en 1922, después de estar ocupado en su
creación durante casi toda la Primera Guerra Mundial. No hay
duda de que nos encontramos ante una obra de teatro
irrepresentable hoy día, y en cierta manera también
impresentable a ojos de su generación por el valor crítico,
cínico e incluso sádico que manifiesta. Quizá la intención de
Kraus fue cambiando a lo largo de su creación, pero es indudable
que, al igual que todos los estilos literarios que cultivó el
maestro austriaco durante su vida quedan plasmados en esta obra
de teatro, la autoridad fulminante que despierta su personalidad
está tallada a golpes de despropósitos en cada uno de los
diálogos, de sus muchos personajes. Se muestra en el libro, al
igual que en vida lo hizo con quien le apoyó, inflexible y
parcial con el que cree desventurado y débil, pero no hace del
humilde un mojigato… más bien lo ensalza en la desidia de la más
pura tiranía.
Dicen algunos que leer es un vicio que
arruina a la imaginación. Lo decían aquellos grandes locos a los
que les gustaba dar de tortas a todo el que no pensara como
ellos, aquellos que tenían la ridícula manía de convencer a base
de mamporros o vejaciones. Los
últimos días de la humanidad es un “rosario” literario al
que aferrarse cuando deseemos reírnos de la naturaleza
bobalicona e inocente del ser humano, la nuestra, y así escapar
de la mediocridad y la miseria intelectual que muchas veces
adorna nuestra cotidianidad.
_____________
Karl Kraus
"La tercera
noche de Walpurgis"
(colección
Otras Voces)
"Los últimos días de la humanidad"
(colección
Skene)
Anunciador de incendios
Iñaki Urdanibia
Gara (Mugalari), 28 enero 2011
Acostumbraba a decir Karl Kraus- periodista, escritor, autor de teatro, gran
conferenciante y fogoso polemista- que "muy pocos sabían evitar hablar de
él", y terciaba -otro anunciador de desastres- que Kraus era de los que
desde luego no merecía el "homenaje del silencio", y es que desde luego
apólogos y críticos no le faltaron: el mismo Walter Benjamin se refería a él
diciendo que "se combinaban en su persona el niño y el antropófago", Trakl
hablaba del vienés como de "un mago colérico, en cuya armadura azul resuena
el ruido de la guerra", o Alban Berg que lo catalogaba como "uno de los
artistas más grandes de Austria", y así podríamos seguir hasta el infinito
ya que el autor de los libros que tengo en las manos era de los que no
dejaba indiferente a nadie, y de los que tampoco se cortaba ni un pelo a la
hora de referirse a la "Kakania" de la que hablase su colega Robert Musil.
Apocalipsis dos
El sarcasmo y
la sangrante ironía que empleaba, en su quehacer, con maestría el autor de
Los últimos días de la humanidad -obra ahora recuperada por la
editorial hondarribitarra- en la que venía a representar el ensayo general
del Apocalipsis que según su visión se avecinaba, y lo hacía en un panfleto
de más de mil páginas por medio del más fiel collage, método al que
también recurre en el otro libro que se presenta ahora, al igual que el
humor nombrado; no hay más que ver los numerosos entrecomillados. Convertido
en un inflexible "guardián
del lenguaje"
Kraus da un repaso al lenguaje, al uso que de él se hace en aquellos oscuros
tiempos, y pone el dedo en los giros que dan algunos periódicos y
periodistas-cual derviches alocados- ante la voz de su amo, Goebbels. Pasa
lista de bandidos, piratas, amalgamadores, panfletistas, y acomodaticios
varios, saboteadores de la verdad, que al final, y al principio, y con el
fin de quedar bien ante el poder emergente no hacían otra cosa que meterse
con otros entre los que como no podía ser de otro modo se contaba él mismo,
junto a los Tucholsky, Brecht, etc. Infumables resultan los postulados
exculpatorios de los judíos nacional-alemanes que convertían a los verdugos
en santos y a las víctimas en culpables de los desmanes pardos.
El
libro que se inicia con un sorprendente
"no se
me ocurre nada sobre Hitler",
para luego largarse trescientas intensas páginas, escrito el mismo año del
ascenso de Hitler al poder, se publicó tras su muerte ya que mientras vivió,
y viviese el régimen pardo, no quería que se publicase ya que ello podía
suponer ciertos disgustos para algunos de los personajes que aparecen
nombrados en el libro, con sus nombres reales. La prensa es repasada,
aplicando un ceñido análisis textual los escritores y pensadores de la
época, y de tiempos anteriores, que pretenden ser utilizados por el
nacionalsocialismo (Heidegger, Nietzsche, Spengler, Kant, Benn...) son
objeto de su escrutadora mirada, y ésta se detiene en aquellos que usan de
la palabra ”cultura” ciñéndola a lo que conviene, al guión que marcan los
ministerios de deformación. "El
mundo pasa por la criba del lenguaje"
afirmaba Kraus y él no rehuye la tarea de estudiar su uso, y su abuso, y
hace bueno aquello que él mismo dijese:
"yo no
domino más que el lenguaje de los otros, el mío hace de mí lo que quiere",
y me explico: no habla de lo que hablan los demás sino que lo muestra
recurriendo a sus propias palabras, él -por su parte- se expresa laberíntico
en sus escarceos interpretativos y críticos. Y a través de este trabajo que
nos planta ante los desplazamientos culturales(ensalzamiento de algunos y
ninguneo de otros: Wagner versus Offenbach, por ejemplo) de la época,
dispara-es un decir- contra la confluencia entre la barbarie que ya rugía y
el kitsch, que viene a ser el retrato mínimo del nacionalsocialismo,
"un
movimiento cuya naturaleza consiste, en la exclusión del resto, de kitsch
y sangre"
(y tierra,
ergo verdugos y víctimas), y el anuncio del incendio- no en seguimiento
de la manida ley de Murphy sino en la senda del rey Lear shakespeareano:
"no
estamos peor mientras podamos decir que algo es lo peor"-
es inequívoco ante la subida del tono- palabras y actos- contra los judíos,
los bolcheviques…que ya hacían presagiar la certeza de aquello que dijese
Heine: se comienza quemando libros y luego se queman hombres.
Y dos
Si
la anterior la escribí en visperas de la segunda guerra mundial, la otra la
comenzó en 1915. En esta obra que Kraus pensaba que había de ser
representada en un teatro de Marte -quizá para que por allá viesen cómo se
las gastaban los civiliados humanos-; el empleo de las citas es abundante y
significativo, y lo digo ya que muestra cómo
"en
este Apocalipsis, por llegar, los discursos mas increíbles han sido
pronunciados",
y precisamente por medio de estas citas que son reales muestra los fantasmas
y las larvas que acompañaban a la vieja Europa hacia la catástrofe (y
"mientras
la vida muere, los asesinos bailan el tango"
poetizaba en su juventud). Como señalase Benjamín, con la sagacidad que le
caracterizaba, en Kraus confluían el "destructor
del mundo fuera de la Historia"
y el "eterno
salvador del mundo",
y ambos se lanzaban amables miradas que hacen que el desbordante texto en
animada conversación muestre esta tensión entre la esperanza y la
desesperanza.
En
la brillante traducción de Adan Kovacsics -quien ya había hecho la
traducción para Tusquets en la edición de 1991- se presenta este canto
fúnebre y humorístico que refleja el instinto de muerte hasta el esperpento;
un coro de voces que ponen letra al camino al infierno por el que nos
conduce el autor, descenso creado por una sociedad alocada y una Dios
ausentado que se desentiende de los que los humanos fraguan. Asoma en los
presurosos diálogos de la obra el fin de una época y de todas las cándidas
esperanzas profetizadas por el credo ilustrado. La crítica sin piedad se
dirige a la bestialidad de los combatientes y a quienes se aprovechan de las
circunstancias, para hacer su agosto en la retaguardia.
Una
obra compleja, cuyo barroquismo se introduce por las entretelas de la ruina
de la cultura, y la decadencia de cualquier valor que se preciase como
humano. Quiso la mala suerte que el bueno de Kraus no llegase a conocer en
su increíble y real amplitud los desastres que venía anunciando ya que
falleció en 1936 atropellado por una bicicleta…este lúcido profeta del
Apocalipsis.
_______________
La clase de la guerra
Rebelion, 27 de febrero
2011
Ramón Pedregal Casanova
“Los últimos días de la
Humanidad”, de Karl Kraus, es un señalamiento exacto, una gran burla hecha a
la clase de la guerra, es una denuncia incontestable, y una obra literaria
de la mayor altura, de las que perduran, una obra construida con el material
proporcionado por esa corte de individuos que se representa con la más
indigna arrogancia política y el pensamiento servil, una obra para poner en
escena. El fruto de la arrogancia política inhumana y del pensamiento servil
a tales canallas es el odio hacia los iguales, es la irracionalidad empleada
en defender los intereses exclusivos de monarcas, burgueses y servidores,
todos los que hicieron, hacen, estallar la guerra para robar las riquezas
que no alcanzaban, que no alcanzan.
En la “Nota Previa”, entrada a
“Los últimos días de la Humanidad”, se nos dice que Karl Kraus recoge “las
voces de la Primera Guerra Mundial,… pues la guerra se dio no solo en los
campos de batalla…, sino también, en los sonidos y chirridos del lenguaje en
el frente y en la retaguardia”. A. Kovacsics, autor de la “nota Previa” y
traductor de la obra, destaca el valor de las jergas y dialectos dentro de
lo establecido, del lenguaje popular y el lenguaje normativo, y como el
autor se sirve de ello para componer su denuncia, mediante formas teatrales
populares, de la barbarie que ocasionaron la aristocracia y la burguesía en
defensa de los intereses más miserables. Deja para el final una definición
de Kraus que hay que remarcar: “Crítico implacable de la literatura
“modernista” de su época”. El modernismo de los años 20 era la expresión de
la burguesía para distraer la atención de la realidad, el refinamiento
burgués y aristocrático, el clasismo con el que mirar para otro lado y hacer
mirar para otro lado a los incautos y aspiradores a un espacio reservado al
arte como juego, un arte para no discutir lo que estaban protegiendo, para
suspender el pensamiento y apartar la vista de la realidad, de lo que
afectaba a los desposeídos, un arte de los poseedores, de los explotadores,
un arte para que no se escuche la crítica a la guerra.
Karl Kraus levanta acta de lo
dicho por los patanes, aduladores y asesinos en su verborrea gritona de
patrioterismo, de su cinismo, desde el más bestia al que pretende aparentar
y acentuar esto con refinamiento, voces actuales de su clase y voces de
quienes extienden tal suciedad en las conciencias, lacayos de galones y
mando sobre tropa, lacayos difusores empleados en papel prensa,… Karl Kraus
abrió el espacio a las nuevas formas de teatro, que hoy, acercándonos a los
100 años de distancia de éste genio, bajo el neofascismo, el absolutismo del
poder financiero y el secuestro y crimen de los valores sociales hay que
recuperar con suma urgencia. Ahora se nos presenta la versión escénica que
recoge tanto las palabras que se pronunciaban en la calle como las que se
escribían y las que declaraban jerifaltes en ámbitos apartados, todas las
que escuchó, leyó o encontró en libros personales o en la prensa, todas las
palabras agitadoras de la guerra, vividoras de la guerra, justificadoras de
la primera guerra europea en defensa de los intereses de la monarquía.
Este libro es el zapato de los
pueblos europeos, el zapato de millones de personas honestas, para lanzar
por millones, por todos los millones de personas que murieron y hoy mueren,
a los asesinos coronados que las llevaron a cabo y a los que hoy las
emprenden. Este libro es el zapato-libro que Karl Kraus nos legó a las
gentes que aun somos conscientes, además de ejemplificar una alternativa
desde el mundo cultural a la ideología de tales asesinos. Karl Kraus nos
advierte que todo lo que dice y tal cual lo dice fue dicho, fue pronunciado
y esas palabras fueron la música de la época. “El documento es
protagonista”, su valor crece conforme avanza la lectura, y nuestro autor
hace una advertencia al final de su Prólogo: “A quien sea demasiado
sensible, aunque posea suficiente insensibilidad como para soportar nuestra
época, le convendrá mantenerse alejado de éste espectáculo”. Haga un
esfuerzo, no siga el dictado de Kraus, léalo y délo a leer.
Algunos párrafos del libro:
“El quinto: ¿No habéis leído el
periódico? Mirad lo que pone aquí (saca una hoja del periódico): “Bajo
ningún aspecto se to…to…le…lerarán los excesos patrióticos que, además,
pueden repercutir negativamente en el turismo.” Porque ¿dónde queréis que se
desarrolle luego un turismo si no, dónde? ¿A ver?”
Conversación en la calle:
“”El sexto: ¡Bravo! ¡Tiene toda la razón! Promover el turismo no es moco de
pavo, no señor…
El séptimo: ¡Cierra el pico!
El octavo: Así es. ¡Que esto es una guerra, y no estamos pa bromas!”
Encuentro de siquiatras para
analizar a un pacifista preso. Imponen la consideración de loco a quien no
obedece:
“El profesor Boas: …; ahora, (en la guerra) bajo el peso de las privaciones,
millones de personas han vuelto a encontrar el camino hacia la naturaleza y
hacia una forma de vida sencilla… Nuestra población es ahora más sana a
pesar de la desnutrición. El veneno del pacifismo ha penetrado ya incluso en
los cerebros sanos, y el exagerado idealismo de los detractores de la guerra
alienta a los bragazas y emboscados a adoptar lo que constituye el peor de
los males padecidos por el pueblo alemán. Éste hombre… llamó la atención de
los círculos más altos al punto de que una personalidad que todos nosotros
veneramos (los asistentes se levantan)… nuestro príncipe heredero, manifestó
que había que darle un buen tortazo a éste tío. --- A nosotros, señores, nos
corresponde… encomendarlo a las instancias competentes en lo criminal. (Abre
la puerta y grita): ¡Policía!”
Ensalzan el bestialismo y
ridiculizan el humanismo; un médico militar ante una sala atestada de
heridos si dirige al médico que allí asiste:
“Ahora hay guerra y el supremo deber de la profesión médica consiste en dar
buen ejemplo e ir suministrando material humano. …Como colega intento
hacerle entender que el lugar ideal para un inútil es la trinchera,… El
nefrítico aquel… El tío sólo tiene que disparar sus cincuenta balas, ¡luego
puede palmarla si quiere! El servicio de Su Majestad…”
La burguesía no va a la guerra; un médico militar: “¡Caray! Mira… a ese lo
libre ayer del servicio activo. Y hoy ya esta de juerga. … ojala tuviera yo
en billetes de diez lo que su viejo en billetes de mil”
Entre la documentación dialogada,
Kraus aporta conversaciones que ya saben que la primera guerra va a dar al
poco en la segunda y cómo ven en las dos el negocio. El cinismo lo congela
todo, los que más alientan a la guerra son los que no van y se aprovechan de
ella. Se trasluce la caída de la moneda, la crisis bancaria, la eclosión
social, el camino seguido, se vuelca la defensa y promoción de la guerra por
parte de la iglesia, “por la patria y por el negocio” dicen entre ellos
brindando, “gandules”, insultan a los heridos. Y cómo no, el machismo
expresado por la burguesía; las mujeres burguesas discursean en una asamblea
troperil: “a nosotras las mujeres nos gusta mezclar sonrisas con lágrimas y
hasta en el dolor sentimos la necesidad de ser guapas. … me gustaría
proponer que se libere de sus labores a las empleadas de hogar alemanas con
el fin de aumentar el número de combatientes… todas las jóvenes y mujeres
devolverán muy gustosas los puestos de trabajo ocupados durante la guerra a
los heroicos combatientes que vuelvan… Sólo se recurrirá a la mano de obra
femenina cuando no haya suficientes hombres”.
Conversación entre maridos y
esposas de la clase burguesa: “¿Qué, Elsita? Contenta de que tu maridito no
tenga que defender la patria, ¿eh?”.
Conversación entre mandos
militares: “… lo que el ejército debe a una información de guerra bien
uniformada… ¿Qué carajo quiere la gente? ¿vivir eternamente? No es el
momento, señores, para apasionarse por una nimiedad así… ¡Si de mí
dependiera ¡la censura debería dar un ejemplo y ahorcar a toda esa gentuza!
(gritos de ¡bravo!) Viva Su Majestad…”
Finalmente veremos como los
cementerios se han convertido al final de la guerra en una atracción
turística. El negocio de la guerra para la clase de la guerra.
Karl Kraus recitó fragmentos de su
obra pero no permitió su representación abreviada más que en 1928: “…hay que
leer y no oír cuanto está escrito”. Nada mejor, nada más sabio.
*Ramón Pedregal Casanova es autor
de “Siete Novelas de la Memoria Histórica. Posfacios”, editado por Fundación
Domingo Malagón y Asociación Foro por la Memoria (asociacion.foroporlamemoria@yahoo.es)