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COLECCIÓN FICCIONES

19

"El talón de hierro"

Jack London

 

Cuando León Trotski leyó El talón de hierro a instancias de una hija de Jack London, muchos años después de la aparición de la novela y de la muerte de su autor, se declaró sorprendido y admirado por lo que creyó que había sido una brillante anticipación del fascismo.
Han tenido que pasar muchos años más para que lo profético de esta novela alcance toda su verdad y todo su relieve; pues lo que London imaginó en verdad fue esta fase de gran opresión capitalista “democrática” que el mundo está viviendo durante las últimas décadas bajo el “talón de hierro” del Imperio Norteamericano. Su profecía no fue, pues, propiamente, la de la irrupción del fascismo en la escena mundial en aquellos años que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial, sino que él hizo y mostró su descubrimiento de la entraña venenosa del capitalismo “democrático”, capaz de albergar en sus urnas todo un mundo de horrores, bajo la enseña del mercado y de la globalización. Es el huevo de esta serpiente lo que London “vio” en su imaginación de gran novelista. ¿Las urnas de la democracia serían, entonces, una especie de sucursales de la Caja de Pandora?
Entre los admiradores de esta insólita novela hay que contar, además de a Trotski, al gran escritor Anatole France, que hizo un prólogo entusiasta para la primera edición francesa, y a Howard Zinn, que ha escrito el prólogo de ésta. (Alfonso Sastre)

Nº de páginas: 351
PVP:  17

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Comentario sobre esta obra

Reseña: “El Talón de Hierro”, de Jack London

Un siglo después, los pueblos se levantan

Pascual Serrano
http://www.pascualserrano.net/
Rebelión

El socialismo y las luchas de los trabajadores contra sus opresores se ha escrito con múltiples formatos. Mediante una investigación sobre la economía en “El Capital”, de Carlos Marx; mediante una proclama revolucionaria como en “El Manifiesto del Partido Comunista”, de Marx y Engels; mediante un análisis de las relaciones internacionales en "El imperialismo, fase superior del capitalismo" de Lenin e incluso como una fábula en “Rebelión en la Granja” de Georges Orwell. Jack London aborda en 1908 ese tema como una historia de amor futurista y premonitoria en el Talón de Hierro, un formato que le sirve para denunciar la conformación de un cruel y sangriento sistema capitalista que siembra de muerte y miseria a los trabajadores de todo el mundo y en especial a los norteamericanos en la segunda década del siglo XX.

El Talón de Hierro es la biografía del revolucionario norteamericano Ernest Everhard, capturado y ejecutado en 1932 por haber tomado parte en una frustrada revolución obrera.
Según la novela, siete siglos después de su muerte, aparece un manuscrito de su esposa, Avis Everhard, quien relata un duro período turbulento de la historia caracterizado por la consolidación y advenimiento del Talón de Hierro, un poder económico y político sin precedentes en la humanidad que no dudaría en reprimir a sangre y fuego cualquier intento organizado de enfrentarlo en la defensa de los derechos de los trabajadores. Veinte años después el fascismo dominaría Europa. Tras leer la obra de Jack London, uno tiene la sensación de que no se ha ido, domina el mundo.

Escrito en primera persona por Avis Everhard, una mujer procedente de la clase acomodada, el autor aprovecha la admiración y relación de esta mujer con su futuro marido para desplegar todo un ensayo sobre el capitalismo, sus métodos de explotación y su red de complicidades, porque “el juego de los negocios consiste en ganar dinero en detrimento de los demás, y en impedir que los otros lo ganen a expensas suyas”.

Así señala a todos sus cómplices. Ernest Everhard le espeta al obispo: “¿Habéis protestado ante vuestras congregaciones capitalistas contra el empleo de niños en las hilanderas de algodón del Sur?. Niños de seis a siete años que trabajan toda la noche en equipos de doce horas. Los dividendos se pagan con su sangre. Y con ese dinero se construyen magníficas iglesias en Nueva Inglaterra, en las cuales sus colegas predican agradables simplezas ante los vientres repletos y lustrosos de las alcancías de dividendos”. O al prestigioso abogado: “Dígame coronel, ¿tiene algo que ver la ley con el derecho, con la justicia, con el deber?”. Al periodista: “Me parece que su tarea consiste en deformar la verdad de acuerdo con las órdenes de sus patrones, los que, a su vez, obedecen la santísima voluntad de las corporaciones”. Se lo dirá también al ingenuo sacerdote que espera que al día siguiente sus críticas al sistema sean recogidas en la prensa tras haber sido recogidas por los periodistas: “Ni una sola palabra de lo que dijo será publicado. Tú no tienes en cuentan a los directores de diarios, cuyo salario depende de su línea de conducta, y su línea de conducta consiste en no publicar nada que sea una amenaza para el poder establecido”.

Su proclama revolucionaria es contundente: “Nuestra intención es tomar no solamente las riquezas que están en las casas, sino todas las fábricas, los bancos y los almacenes. Esto es la revolución”. “Queremos tomar en nuestras manos las riendas del poder y el destino del género humano. ¡Estas son nuestras manos, nuestras fuertes manos! Ellas os quitarán vuestro gobierno, vuestros palacios y vuestra dorada comodidad, y llegará el día en que tendréis que trabajar con vuestras manos para ganaros el pan, como lo hace el campesino en el campo o el hortera reblandecido en vuestras metrópolis. Aquí están nuestras manos. Miradlas: ¡son puños sólidos!”.

Sus críticas al desigual e injusto reparto de los beneficios de la industrialización resultan absolutamente actuales un siglo después: “Cinco hombres bastan ahora para producir pan para mil personas. Un solo hombre puede producir tela de algodón para doscientas cincuenta personas, lana para trescientas y calzado para mil. Uno se sentiría inclinado a concluir que con una buena administración de la sociedad el individuo civilizado moderno debería vivir mucho más cómodamente que el hombre prehistórico. ¿Ocurre así?. (...) Si el poder de producción del hombre moderno es mil veces superior al del hombre de las cavernas, ¿por qué hay actualmente en los Estados Unidos quince millones de habitantes que no están alimentados ni alojados convenientemente, y tres millones de niños que trabajan?. (...) Ante este hecho, este doble hecho –que el hombre moderno vive más miserablemente que su antepasado salvaje, mientras su poder productivo es mil veces superior-, no cabe otra explicación que la de la mala administración de la clase capitalista; que sois malos administradores, malos amos, y que vuestra mala gestión es imputable a vuestro egoísmo”. Un siglo después, en el 2004, seguimos conviviendo con lo obvio.

El autor sabe que la conquista del poder por los trabajadores no será fácil por la vía pacífica institucional ni por la del convencimiento a quienes disfrutan de las mieles del poder y del dinero: “Sabemos, y lo sabemos al precio de una amarga experiencia, que ninguna apelación al derecho, a la justicia o a la humanidad podría jamás conmoveros”, le dice el protagonista a un miembro de la oligarquía. Como no podría ser de otro modo, éste le responde con la soberbia de quienes no aceptarán ser desplazados: “Y aunque tuvieseis la mayoría, una mayoría aplastante en las elecciones –interrumpió el señor Wickson-, ¿qué diríais si nos negásemos a entregaros ese poder conquistado en las urnas?”. Jack London sentencia la única vía mediante estas palabras de sus protagonista: “Y el día que hayamos conquistado la victoria en el escrutinio, si os rehusáis a entregarnos el gobierno al cual llegaremos constitucional y pacíficamente, entonces replicaremos como se debe, golpe por golpe, y nuestra respuesta estará formulada por silbidos de obuses, estallidos de granadas y crepitar de ametralladoras”. Aunque ahora le puedan llamar a ello terrorismo. “El poder será el arbitro. Siempre lo fue. La lucha de clases es un problema de fuerza. Pues bien, así como su clase derribó a la vieja nobleza feudal, así también será abatida por una clase, la clase trabajadora”, termina sentenciando Ernest Everhard.

En la obra también existen los personajes que, martirizados por la injusticia, optan por la honesta caridad, tan humana como inútil: “Que cada uno de los que están en la opulencia tome a un ladrón en su casa y lo trate como a un hermano; que se lleve una desdichada y la trate como a una hermana”. Es el caso del sacerdote que se derrumba cuando descubre la miseria existente con la complacencia y complicidad de la Iglesia. Su postura no es criticada por el protagonista pero los acontecimientos demuestran su inutilidad.

Para la pequeña burguesía que añora la era preindustrial y que sólo piensan en retornar a ella también tiene un mensaje contundente: “En lugar de destruir esas máquinas maravillosas, asumamos su dirección. Aprovechémonos de su buen rendimiento y de su bajo precio. Desposeamos a sus propietarios actuales y hagámoslas caminar nosotros mismos. Eso, señores, es el socialismo”. “Venid a nosotros y sed nuestros compañeros en el bando ganador”, les dice a esa pequeña burguesía condenada a ser aplastada por los grandes trusts o unirse al proletariado, “la clase media es el corderito temblando entre el león y el tigre. Ha de ser de uno o de otro”.

No faltan las críticas a los partidos tradicionales: “los políticos de los viejos partido (...), los criados, los sirvientes de la plutocracia” y a los sindicatos sumisos: “los miembros de esas castas obreras, de esos sindicatos privilegiados, se esforzarán por transformar sus organizaciones en corporaciones cerradas; y lo conseguirán”.

Por su parte la oligarquía recurrirá a la guerra para dar salida a los excedentes humanos (“la oligarquía quería la guerra con Alemania por una docena de razones (...). Además, el período de hostilidades debía consumir un volumen de excedentes nacionales, reducir el ejército de parados que amenazaban en todos los países y dar a la oligarquía tiempo para respirar, para madurar sus planes y realizarlos”) y las obras faraónicas para sus excedentes económicos (“deberán gastar sus excesos de riqueza en obras públicas, como las clases dominantes del antiguo Egipto erigían templos y pirámides con la acumulación de lo que habían robado al pueblo”).

La crueldad de la oligarquía es tal que la salida violenta es la única alternativa muy a pesar del protagonista: “Es inútil, estamos derrotados por anticipado. El Talón de Hierro está ahí. Había puesto mis esperanzas en una victoria pacífica, lograda gracias a las urnas. Seremos despojados de las escasas libertades que nos quedan; el Talón de Hierro pisoteará nuestras caras; ya no cabe esperar otra cosa que una sangrienta revolución de la clase trabajadora. Naturalmente, lograremos la victoria, pero me estremezco al pensar en lo que nos costará”.

No hemos de esperarlo, ese sangriento levantamiento contra el Talón de Hierro ya existe en Iraq, en Palestina, en Colombia. Los líderes del Talón de Hierro se hacen llamar democracia y libre mercado, a los pueblos que se levantan les califican de terroristas. A quienes la guerra nos ha pillado sentados en nuestro sillón viendo la televisión debemos de saber que o nos integramos a las milicias asesinas del Talón de Hierro o nos incorporamos a los pueblos que se levantan contra el Talón de Hierro.

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El Talón de hierro.Contando el final del capitalismo desde el futuro socialista.
Ramón Pedregal Casanova

26 de Febrero de 2012
Unidad Cívica por la República

"La historia de la lucha de la clase obrera por su emancipación, por la justicia social, no se puede entender más que como parte de la historia del poder político, el cual, en sus niveles más altos, es el poder de los imperios y los estados."

Jack London (1876-1916) sería un escritor de palabra poderosa y combativa, criado por una esclava, que cuando tenía 14 años dejó la escuela y emprendió su formación autodidacta a base de leer filosofía, literatura, ciencias de la naturaleza, sociología y política. Se citan entre los autores que recorrió a Nietzsche, Flaubert, Darwin, y, Karl Marx. Jack London contaba que la lectura de "El Manifiesto Comunista" le impulsó como militante comunista. Fue minero en Alaska, fue contrabandista, pescador, corresponsal de guerra, vendedor de periódicos y obrero en fábricas. 

En 1900 publicó "El hijo del lobo", una serie de relatos que le hicieron muy conocido; en 1903 "Los de abajo", "La llamada de la selva", y, "El pueblo del abismo"; en 1904 "El lobo de mar"; en 1905 "Guerra de clases"; en 1906 "Colmillo blanco"; en 1907 "El talón de hierro"; en 1909 "Martín Eden"; en 1910 "La Revolución y otros ensayos; en 1911 "El crucero del Snarki"; en 1913 "John Barleycorn"; en 1915 "El vagabundo de las estrellas";... Lenin leía en sus últimos días "Amor a la vida". El conjunto es una producción enorme. En algunos de sus libros apreciamos más directamente su fortaleza ideológica, como en "El pueblo del abismo", "El talón de hierro", "Amor a la vida", "La revolución y otros ensayos". La entrega a su labor como escritor le hacía dedicar un mínimo de 6 horas diarias, en las que empleaba historias de otros autores, noticias periodísticas, contradicciones ideológicas, luchas obreras y perspectivas sociales.

En "El talón de hierro", recientemente reeditada, Jack London narra, desde su vivencia proletaria y conciencia revolucionaria, el tiempo en que la clase obrera vive en barrios paupérrimos, sórdidos, degradados, pero tiene algo especial, es el tiempo de la última crisis del capitalismo; y pone esa misma luz de conciencia social a la expresión y obra de la clase explotadora, la alta burguesía o "El talón de hierro", propietarios de los medios de producción y propaganda. Tan actual es su exposición que reconocemos a los que hoy imperan, propietarios del Estado, que ejercen el poder político y disponen de los medios de coacción, de los medios para ejercer la violencia física, moral y económica y la emplean para mantenerse y seguir robando la plusvalía, los reconocemos, los reconocemos a pesar de que hace casi un siglo que la novela fue escrita: "El talón de hierro" ilumina el escenario que pisamos.

Jack London coge por dentro y por fuera a las huestes mercenarias de que dispone la gran burguesía y las oímos alto y claro, esas que la defienden desde el periodismo, desde la iglesia, desde la policía, los jueces, los gobernantes,,,, y dejan constancia de su propósito, de su objetivo, de sus formas de interpretar y vender al pueblo o imponer al pueblo la sociedad que dirigen, y el plan de futuro. La novela, construida con dos voces debido a que se presenta como un documento encontrado, se nos presenta con el prólogo de quien ha descubierto el documento y nos lo muestra, y la voz narrativa de la novela es la de la esposa del protagonista contando el proceso revolucionario en el que era dirigente, así se nos entregan los acontecimientos. A su vez, a pie de página aparecen las acotaciones de quien tiene el documento buscando aclarar asuntos que desde la distancia temporal, siete siglos después de aquella lucha final, necesitan algún dato histórico que complete la lectura. Estas son las primeras palabras con las que recuerda la esposa-heroína a su marido Ernest Everhard, el revolucionario que perdería la vida dirigiendo la Segunda Sublevación que daría al traste con el capitalismo: "¡No podemos fracasar!. Su tenacidad y su meditado esfuerzo merecen el éxito. ¡Acabemos con El talón de hierro!, que se hunda y se libere la humanidad postrada, ¡que se levante al unísono la masa trabajadora del mundo entero! Nunca ha habido nada parecido en la historia de la humanidad. La solidaridad obrera esta asegurada y habrá, por primera vez, una revolución internacional a lo largo y ancho del mundo."

La discusión filosófica, los acontecimientos fundamentales en la historia, la realidad del momento, descubren pormenorizadamente los antagonismos de clase desde el principio. El diálogo en torno a una huelga entre el protagonista y un responsable de la iglesia le hará decir a éste que la violencia será la solución si no se aúnan el capital y el trabajo "para su beneficio bruto". Esa discusión abrirá una brecha en el obispo que sentirá la necesidad de observar sus propios actos y los de su institución y como consecuencia de ello, en el desarrollo novelístico, adoptara posturas contrarias a la norma. Ernest, sin dejar de batallar, habrá de poner en cuestión a los comerciantes, a los pequeños y medianos empresarios, a los profesionales, a todos tan serviles que desaprueban cualquier observación científica sobre la realidad. En ese camino seguimos el proceso de cambio de quien sería su compañera y su padre sumados a la lucha por el socialismo, sufriendo persecuciones y librando batallas que desembocarían en la revolución. En la novela encontramos "libertad" de horarios comerciales, accidentes laborales, robos, "los robos eran cosa habitual. Se robaban los unos a los otros. Los poderosos de la sociedad robaban legalmente, o legalizaban sus robos, mientras que los robos de las clases más bajas eran siempre ilegales. No había nada seguro a no ser que estuviera bien guardado. Había batallones de vigilantes para tratar de impedir los robos. Las casas de los acomodados eran una combinación de depósitos seguros, cajas fuertes y cámaras acorazadas." Y aparecerá la distinción entre la ley y la justicia, y por ahí pasaran las formas de hacerse rico, la colaboración de los cuadros medios con el poder establecido, la información controlada, las decisiones sobre la vida de los trabajadores escudadas en el nombre de Dios, las bombas de racimo como respuesta a las reivindicaciones obreras, la aprobación de leyes de carácter preventivo, los asaltos y violencia física del aparato estatal, la negación o suspensión de la misma ley cuando la circunstancia la hace desfavorable al capital, la lucha clandestina, la agudización de las contradicciones políticas y sociales, y la huelga general de los trabajadores que se ve enfrentada con la guerra total declarada por la oligarquía, "El Talón de hierro". Si el escrito encontrado termina abruptamente con lo que parece en un primer momento la victoria de los explotadores, ahí suspende la escritura Avis Everhard, la esposa revolucionaria, el segundo narrador, que es quien ha encontrado siglos después el escrito, nos cuenta el resultado de la lucha desde el socialismo.

Si usted no ha leído "El Talón de hierro", como si lo ha leído, es el momento de leerlo, contarlo e invitar a su lectura. Es todo un clásico actual de la revolución. Permítame un último comentario el prólogo de Hiru, más allá de los comentarios personales y de cuchicheo de quien firma el prólogo en Akal, que recorre todo lo inútil para entender la novela hoy y entender el propósito del autor, el volumen editado por Hiru parte de un prólogo que centra la atención en algo fundamental de la novela de London: aquello que nos puede aportar al momento en que vivimos, y el análisis de lo que dice el autor desde las fuentes revolucionarias de Marx. La entrada, que firma el maestro Alfonso Sastre, lo dice todo. Con esto la novela se abre a la lectura y la emoción como si fuese un espectáculo que nos atañe. Fundamental.